Friday, February 1, 2008

“obrar la justicia y la paz”

This is the homily that Padre Picó gave at a mass in Nagüabo for Abuela on what would have been her 100 birthday on January 10, 2008. Fernando Picó is a leading Puerto Rican historian, a Jesuit and liberation theologian, and was very beloved by my grandmother. In this homily, Father Picó observes Abuela as she tells him stories of her childhood in Nagüabo, of the abuses and displacement of her family from their farmland by the sugarcane conglomerates, of how she always waited for her pueblo to arrive to any big event, how she and Lolita Lebrón shared un abrazo over their mutual resistance to placing Haitians in concentration camps on the island, how she called him up to tell him that she wanted to join the physical resistance to Villa Sin Miedo being plowed under by the government. Picó is left speechless by the image conjured by his mind of her standing against the riot police poised to demolish homes. He doesn't answer her question of whether or not she should go. He later learns someone must have dissuaded her from doing it. Abuela would have been in her 70's at that time. What touches me most about this homily is that Padre Picó, a scholar, rather than writing about abstractions of peace and justice, grounds his memory in the acts of justicia y paz he observed. Here I would like to honor Abuela's life through the words of her friend, el Padre Picó.

Fernando Picó
10 de enero de 2008

Doña Inés

“Llegó mi pueblo, llegó Nagüabo”. Con esas palabras doña Inés María Mendoza reconoció la presencia de una delegación de Naguabo en el acto multitudinario de bienvenida que se le hiciera a Luis Muñoz Marín en Plaza Las Américas en octubre de 1972, palabras que harían eco en una ofrenda floral que otra delegación de Naguabo traería al entierro de doña Inés en agosto de 1990. La persona cuyo centenario conmemoramos hoy siempre tuvo presente sus orígenes en este municipio. En diversas ocasiones la escuché rememorar su niñez y adolescencia en Naguabo, en los tiempos difíciles en que los colonos azucareros se les regateaba el peso de su caña y el monto de sucrosa resultante de la molienda. Doña Inés recordaba aquellas difíciles transacciones en que los grandes exprimían sus ventajas y en que la necesidad de una extensión de crédito era juguete de arbitrarias negociaciones.

Por eso el sentido de justicia cristiana que doña Inés continuamente reclamaba no estaba derivado de disquisiciones abstractas, sino destilado de experiencias vividas, sentidas, recordadas y compartidas. Siendo puntillosamente tradicional en la expresión de su religiosidad, doña Inés a la vez era osadamente radical en la manifestación de sus exigencias por una justicia equitativa y remediadora de las injusticias cometidas contra los desaventajados. La víspera de la ocupación por la Policía de Puerto Rico de Villa Sin Miedo, aquel asentamiento espontáneo en Río Grande que fue emblemático de toda una época, doña Inés me llamó por teléfono y me preguntó qué me parecía su idea de irse a Villa Sin Miedo y confrontar con la gente a la Fuerza de Choque. Yo me quedé sin palabras. Pasaron por mi mente imágenes apocalípticas.
Pensé que Puerto Rico se conmovería en sus cimientos, que ocurriría uno de esos momentos mítico-mágicos que aturden la historia de los pueblos. No me recuerdo que le contesté a doña Inés, se que quedé electrificado. Alguien la disuadiría, quizás hoy me entere aquí de la resolución de aquella propuesta. Pero que ella asumiera una posición de confrontación no debió de haberme sorprendido.

Si me sorprendió, es porque nunca llegué a conocerla bien. La veía siempre en las antesalas de las reuniones entonces mensuales de la Junta de la Fundación Luis Muñoz Marín. Me recibía en el balcón de su casa, a veces con reminiscencias preciadas, su visita a Haití, una cena presidencial en Managua, el día de las elecciones de noviembre de 1940, a veces con inquietudes y proyectos. De muchas de sus actividades me enteraba sólo por la prensa. La viudez pesó mucho sobre ella. No quería permanecer pasiva ante los problemas del país, pero se veía precisada a encontrar maneras discretas de hacerse oír. Desarrolló entonces su veta literaria, escribiendo columnas en los periódicos, siempre atinada al identificar un problema, siempre gentil al ofrecer una respuesta.

Detestaba las ambigüedades y los embelecos protocolarios. Asumía con naturalidad su poder de convocatoria. Aquella vez que fue a Juana Díaz, al Fuerte Allen, a piquetear contra el encerramiento de los haitianos indocumentados resultó en su memorable encuentro y abrazo de Lolita Lebrón. Yo creo que los gabanes se estremecieron en aquella ocasión, que se atusaron los bigotes y tragaron hondo. Pero el pueblo comprendió y celebró aquella ocasión; en la novela social puertorriqueña era una estampa deseada. Nunca más los federales osaron usar a Puerto Rico de esa manera; quizás sin doña Inés la desgracia y el bochorno de Guatánamo hoy nos hubiera tocado.

Necesitamos mujeres y hombres así, que piensen con claridad y rectitud, que sean consecuentes, que sean atrevidos en sus acciones y diáfanos en sus palabras. En fin de cuentas, eso es lo que la doctrina cristiana nos recuerda que debemos hacer, “obrar la justicia y la paz”.

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